Una galería de artistas, cada uno con su canción y estilo, quedan en Arcas Reales, señalando un ideal e invitando a proyectos futuros a realizar de una vez un verdadero trabajo de conjunto que aúne esfuerzos, artistas y almas.

Si quieres conocerlos, puedes hacerlo desde aquí, activando sobre su nombre:

CAPUZ; CRISTINO MALLO; PENELLA; FERREIRA; FRUTOS; RAMÓN LAPAYESE; J.Mª. LABRA; ÁLVARO DELGADO; SUSANA POLAC; OTEIZA.

 En el convento Valladolid, se pensó desde un principio en llamar a varios artistas, pintores y escultores, para que, unidos al arquitecto, llevaran a cabo un trabajo acordado y no se disparase cada uno por su ruta, o bien atendiendo a caprichos de devociones resultara luego cada alma en su capricho.

Tiene otra ventaja este estilo de trabajo armonizado, y es el poder descubrir calidades y enjundias estéticas en los artistas, quienes al toque de la línea arquitectónica y funcional han de depurar y afinar su arte. Claro que en su exacta proporción; pues ni la arquitectura ha de absorber tallas o pinturas, ni éstas han de venir en postizos a suplementar o suplantar aquélla.

Para el grupo principal de la Iglesia, con el tema Virgen del Rosario, que incluye tres figuras, la Virgen, el Niño y Santo Domingo, se encargó a Capuz, quien después de larga gestación y cariño dio a luz un grupo escultórico que llama la atención nada más acceder a la iglesia. Es el grupo que más hace de unión entre la escultura y la arquitectura.

Para la serie de Vía crucis, se pensó en Cristino Mallo, quien con su modo cálido, simple, nos ha narrado la Vía dolorosa con sencillos valores plásticos, sin gran alarde, pero sí capaces y dignos de unción litúrgica. Colocados en proyección calculada, indica que sólo son una utilidad para la piedad, señalando al Ara como verdadero Calvario.

Penella nos hizo un San Alberto, macizo, sus paños cortados en planos, asociando a la mente cubismos idos, pensando tal vez que al Mago del siglo XIII, gran químico y naturalista, le cuadraría encarnarse en unas formas que aludieran a la cristalización de los minerales, sin mucha calidad.

A Ferreira, después de embeberse en la vida de San Vicente Ferrer, le salió de las manos la quintaesencia del apóstol macerado y predicador de Juicios Finales, de gran nervio escultórico y que mereció los mejores elogios en la Exposición de Viena. Demasiado esquemático para la liturgia, tuvo que quedarse fuera del templo, no por ello desmereciendo un ápice de sus valores estéticos.

Frutos nos ha dado un ascetismo de honda raíz sobrenatural en su San Luis de Beltrán, envuelto en finas calidades plásticas, aunque algo desmayadas.

Ramón Lapayese, con gran intención y empeño, nos ha dejado dos figuras de Santo Tomás, y un Santo Domingo, lleno de ansias místicas.                                                

José María Labra se encargó de las vidrieras de la Iglesia. Con fino sentido de fusión y símbolo, de tonos y calidades de gran audacia y conocimiento del secreto del color, nos dejó una de sus mejores obras. Destacar de las vidrieras el pasaje de la Visitación de la Virgen, donde las dos Primas se dan las manos en un gesto humilde, tierno y reverencial, que va no sólo en el ladeamiento de la cabeza de la Virgen, y en su caída de manos entre las de Isabel, y en la expresión de ésta, sino en los mismos paños de colorido y trazos magistrales. La Presentación en el Templo, los Azotes, la Crucifixión, y toda la sinfonía de gloria y alegría de los misterios gloriosos...

  Álvaro Delgado tuvo encomendados el retablo de la Capilla de los Padres y las vidrieras de la misma, de más acierto éstas que aquél, si bien muy logrado el conjunto. También dibujó la vidriera del vestíbulo, con gran sobriedad de tintas y composición.

Susana Polac adornó el refectorio de los Padres con mosaicos blancos y negros representando motivos de la Orden, dando al recinto una armonía y juego de luces que hace agradable la estancia. Labró también el grupo que se encuentra en la entrada del colegio, una Virgen hablando con un fraile dominico, muy sencillos y limpiamente sentidos, dan tono y vida al muro y humanizan la entrada al jardín – claustro.

Oteiza plasmó a zarpazos el grupo que está bajo la Cruz del muro posterior de la Iglesia, y echó a volar, convertido en aluminio, al Santo Domingo, ejándolo como una gárgola, pegado al ábside, desde donde parece que se va a lanzar al vacío, revueltos por obra del aire, figura y paños.

 

 

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